«No admiten el invierno corazones / asistidos de ardiente valentía, / que infunde la española monarquía / la fuerza igual en toros y rejones».
Con esta esperanza acudimos muchos a Vistalegre. Ni las palabras de alguien tan versado en Tauromaquia como el Dalai Lama han impedido una excelente entrada, con uno de los mejores carteles posibles. Los «apasionados» -así decía Moratín- de esta Fiesta solemos pasar el invierno casi en hibernación, templando las murrias con recuerdos y actos culturales.
Este año, además, la lanzada a la Tauromaquia -a España, en realidad- de algunos políticos catalanes nos ha despertado del letargo; no sé si lo suficiente...
No han sido fáciles los comienzos de esta Feria de invierno en el nuevo Palacio Vistalegre: flojas entradas, caída del cartel de Jesulín... Pero estimo que hay que defenderla: la posibilidad de ver toros cómodamente durante el invierno, haga el tiempo que haga, me encanta y abre nuevos horizontes a la Fiesta.
Los toros salmantinos de Garcigrande y Domingo Hernández, procedentes de Juan Pedro Domecq, son predilectos de las figuras (obviamente, no por su fiereza). Han propiciado el triunfo de los toreros pero también han podido cargarse la tarde: blandos, nobles, demasiado flojos, colaboradores... ¿Es eso lo que buscan los diestros? Parece que sí. Pero se corre el riesgo de pasarse y de que no surja la emoción.
El Juli ha cuajado en un lidiador clásico, solvente: lo vio ya, en sus comienzos, el inolvidable Juanito Bienvenida, su gran partidario. Lo ha mostrado con sus dos toros. En el primero, manda mucho y exprime al toro con naturales. En su segundo, que brinda a la Infanta Doña Elena, parece que no va a haber faena porque el toro se cae muchas veces pero El Juli logra al final imponer su temple. Y vuelve a ser un cañón con la espada.
Estética mediterránea... (SEGUIR LEYENDO PULSANDO AQUI)