En 1913, el gran genio del toreo moderno, Juan Belmonte, todavía era novillero. Pero ya alternaba con la intelectualidad de la época, porque como él decía, no es preciso que los toreros tengan que andar siempre oliendo a vaca. Por entonces, a Belmonte lo citó un día a cenar en El Retiro el gran Ramón María del Valle-Inclán, pero el camarero, que tenía el restaurante abarrotado de próceres políticos, los ubicó en una esquina.
Valle-Inclán montó en cólera, llamó al camarero y, zarandeándole de las solapas y señalando a un azorado Belmonte, le espetaba: “¡¿Pero sabe usted quién es ese hombre?!” El camarero se defendía: “Pero señor, es un sitio como otro cualquiera…” Y Valle: “¡También el wáter es un sitio como otro cualquiera! ¡Pónganos inmediatamente en su mejor mesa y desaloje a quien haga falta!”. Y así se hizo. Ya sentados, Valle le repetía al torero, a quien no vacilaba en otorgar el estatus de gran artista: “A usted, Juan, sólo le falta ya morir en la plaza”. “Se hará lo que se pueda, don Ramón”, replicaba obsequioso Belmonte. (De un reportaje de LA GACETA sobre cómo afamados intelectuales estuvieron siempre con la TAUROMAQUIA)