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¡HAGAN JUEGO!
Siempre he considerado que el exceso de tipismo conduce a la caricatura. De ahí que entre la puesta en escena de un acontecimiento y su parodia, no medie sino una ligerísima y delgada línea fronteriza. Ya he señalado con anterioridad que los Toros, habida cuenta su profundísimo bagaje de códigos, gestos y ceremoniales, son campo abonado a la distorsión de las formas que le son consustanciales. De modo que entre la solemnidad de la liturgia y el engolamiento de su perpetración cabe un alto número de cretinos.
Llevar los Toros a Las Vegas es como pretender visitar la pirámide de Keops en el desierto de Arizona. Una horterada. Por más que se empeñen los mercachifles del asueto lúdico en ofrecer alternativas de ocio a sus clientes (a costa de sus bolsillos, claro) nunca van a poder ofrecer la realidad de lo que venden, por más fiel que trate de ser la réplica en que va envuelto.
Las Vegas es el oasis de la nada. El sombrero de copa de un tramoyista de tercera. Un guiño de estraperlistas estrafalarios. Una aridez de neón. Un sórdido remedo de lo imposible.
Lo peligroso de la escenificación de la corrida en un lugar en el que la sangre es tabú y el misterio que da sustento a la misma un código cifrado, no es tanto el delicado momento al que distintas asociaciones taurinas apelan, como que terminen tomándose los Toros como al pito del sereno . El problema no es que Cataluña deambule de la mano de unos ignaros y groseros políticos en dirección a su antitaurinismo institucional. El problema es que los Toros no son mercancía apta para la exportación. Por más que se empeñen los acomplejados, badulaques y tontainas políticos catalanes, los Toros tienen en toda la costa nororiental de nuestra península un arraigo que le es más propio que “Els segadors“. Aunque no lo quieran aceptar.
Ahora bien, pretender llevar los toros a Las Vegas como quien pretende exportar aceite de oliva es meter la pata hasta el corvejón. Los Toros no son un espectáculo “estancado” en ocho países, como pretende hacernos creer el impresentable tipo que se da en llamar don Bull. Los Toros son el producto de un culto milenario que ha desarrollado en el Mediterráneo su área ceremonial. Se han trasladado también a países hispanoamericanos a través de la sensibilidad que les ha servido de basamento en los lugares en los que han terminado arraigando. Pero nunca por imperativo comercial.
Este tipo fatuo, chabacano y vulgar, no pretende la redención de la Tauromaquia, sino la medra de su bolsillo.
Es ridículo que haya asociaciones cuyo temor sea que se tome lo de “incruento” como una posible alternativa a la desaparición del espectáculo taurino al uso, y por ende, el inicio de una revisión de los resortes que sustentan la Fiesta. Ridículo.
Lo peligroso, insisto, es permitir que nuestra sin par liturgia, esta vía de comunicación con lo eterno, pasee como Max Estrella por el callejón del Gato, siendo víctima de una distorsión que la conduzca al esperpento. Eso es lo intolerable.
Los Toros han superado a lo largo de la Historia excomuniones, revoluciones, cambios de timón político, empresarios,… Pero lo que jamás podrían superar es la declinación de su esencia a lo burdo de una pantomima. Que los Toros se trasladen a Las Vegas, supone equipararlos a un espectáculo para beodos ordinarios y desocupados cuya principal preocupación es la de apostar a rojo, o negro.
Ahora es cuando vamos a poder valorar la torería de nuestro actual escalafón. Ya se ha celebrado una de estas pamemas, en la que han tomado parte tres pobrecitos que no interesan a nadie. A continuación estaban anunciados platos fuertes de nuestro actual plantel de figuras. Confieso que experimentaría una profunda decepción si toreros que se toman el oficio a gala como, por ejemplo, el Juli, terminaran contribuyendo a esta bobada. Celebro que haya terminado reconsiderando su postura y manifestando su no comparecencia.
Quien se muestra más ambiguo a este respecto es Enrique Ponce quien, en palabras de su ínclito suegro, valorará cánones, compañeros y público. Es decir, que actuará si le garantizan un pastizal, cierto caché y un aforo completo. Esto se llama falta de dignidad, codicia, mezquindad y ausencia de valores.
En estos días en que se conmemora el vigésimo quinto aniversario de la muerte de Paquirri, es cuando más necesaria se hace una revisión de absurdos como este de Las Vegas. A nadie que haya contemplado las últimas imágenes del diestro de Zahara, con el corazón yéndosele a borbotones por la cornada, se le puede pasar por alto la enorme dignidad, elevada entereza y denodada hombría de un torero que en la antesala de la muerte, daba instrucciones a un médico trémulo y ánimos a un entorno afligido. Así saben morir los toreros. Así saben morir los hombres.
Nombres como el de Paquirri deberían poner a reflexionar a quienes pretenden contribuir a una memez en la que se cuestiona la propia dignidad del toro desde una cinta de velcro.
En cualquier caso, así está el patio. Las espadas están en alto. Queda la voz de los toreros. Lo único que resta por saber es si al tercer toro amenizará el espectáculo un grupo de cheesleaders y se venderán bigmacs. Al fin y al cabo, si en septiembre se celebra una corrida goyesca en Ronda en la que los matadores actúan vestidos a la usanza de la época, porqué no se van a celebrar corridas en Las Vegas en las que los matadores terminen actuando vestidos de Elvis. ¿No creen?. Apuesten. ¡Hagan juego!.
Francisco Callejo